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El gobierno de Hamás Imprimir E-mail
Martes, 09 de Mayo de 2006

Artículo de Teresa Aranguren sobre la situción actual en Oriente Próximo después del triunfo de Hamas en las últimas eleciones celebradas en Palestina.

Teresa Aranguren es Licenciada en Filosofia y Letras. Ha trabajado en numerosos medios de comunicación. En la actualidad trabaja en Tele Madrid. Es socia fundadora del Comité Español de la UNRWA
Autora: Teresa Aranguren (Periodista)


Preocupación, desconcierto, miedo, amenaza…la lista de reacciones al triunfo de Hamás y la consiguiente llegada al gobierno palestino del movimiento islamista parece que ha pillado desprevenido a todo el mundo, lo cual dice algo de nuestra capacidad para percibir la realidad, sobre todo cuando esa realidad es la del otro.

La victoria de Hamás no estaba en el guión, no formaba parte del diseño que, desde el lado de acá, se ha venido dibujando para Oriente Próximo. La realidad tiene a veces la manía de no ajustarse a los diseños. Incluso de rebelarse contra ellos. Bien es verdad que también para los votantes y los candidatos de Hamás su triunfo, o más bien las dimensiones de su triunfo, les cogieron por sorpresa. El movimiento islamista no contaba, seguramente tampoco lo deseaba, una victoria que dejase en sus manos la patata caliente de la responsabilidad de gobierno, sobre todo si se tiene en cuenta que la acción de gobernar en el caso de Palestina - que es, aunque con demasiada frecuencia se olvida, el caso de un pueblo y un territorio bajo ocupación militar- poco tiene que ver con conceptos como control, soberanía, poder o simplemente posibilidad de conducir el curso de los acontecimientos y sí mucho con la exasperante experiencia de constatar una y otra vez hasta que punto nada de lo que realmente importa depende de un gobierno que ni siquiera puede decidir donde reunirse. Pero, más allá de las sorpresas más o menos indeseadas, la pregunta que sigue siendo pertinente porque de su respuesta debería desprenderse algún tipo de lección y sobre todo de acción hacia el futuro es porqué ha ocurrido. ¿Cómo una población tradicionalmente secular, la más secular de todo el oriente árabe, ha dado su respaldo, con un 42 por ciento de los votos, al movimiento islamista? ¿Qué dice ese voto? No creo que el triunfo de Hamas pueda explicarse, aunque me temo que por ahí van los tiros, los metafóricos y los reales, en términos de fundamentalismo y menos aún de amenaza islámica. Alguien debería preguntarse porqué había cristianos palestinos en las listas de Hamás. Tampoco creo que la clave esté en el hartazgo de la población ante los episodios de corrupción de muchos de los dirigentes de Al Fatah o en la ineficacia de la Autoridad Palestina. Sin la Autoridad Palestina los palestinos hubieran votado con el ojo puesto en su bienestar inmediato y en sus bolsillos, no hubieran votado a un partido cuya llegada al gobierno supone la amenaza, sabida de antemano y por tanto muy presente a la hora de votar, de perder las ayudas financieras de las que depende no sólo el sueldo de todos los funcionarios de su precaria administración, es decir de los hermanos, primos, padres de muchos de esos votantes, sino también la supervivencia de una economía estrangulada por la ocupación.

El voto a Hamás lanza un mensaje que tiene que ver con la raíz del drama y que, más que en clave interna, se explica hacia fuera, hacia el mundo, o más exactamente hacia quienes mandan en el mundo y diseñan el futuro de su mundo. Tiene que ver con el proceso de paz. Con el supuesto proceso de paz. O inexistente proceso de paz. Los palestinos se han plantado.

Hace una década apoyaron masivamente, mucho más masivamente de lo que ahora han apoyado a Hamás, los Acuerdos de Oslo, la gran apuesta de Yasser Arafat, creyendo que traerían el fin de la ocupación y la posibilidad real de construir su estado. La Comunidad Internacional se ofreció como garante de un proceso de paz que a los pocos años de iniciado, en realidad tras el asesinato de Isaac Rabin, se convirtió en la excusa perfecta para que los sucesivos gobiernos israelíes afianzasen su estrategia de colonización acelerada de Cisjordania y neutralización de la resistencia a la ocupación. Incluso el repliegue de Gaza se inscribió en esa estrategia nunca ocultada por el gobierno israelí: “Tenemos que irnos de Gaza para afianzarnos en Cisjordania” decía el ahora moribundo Ariel Sharon.

Eso es lo que todo palestino ve y vive día a día. Y lo que la Comunidad Internacional tolera sin inmutarse día a día. Posiblemente porque en el diseño pensado para Oriente Próximo y para los palestinos, se contaba con su agotamiento, su renuncia a defender sus derechos, su aceptación resignada de lo que se les quisiera dar, una vez culminado el despojo.

El voto a Hamás dice, hasta aquí hemos llegado. No es, aunque hay quien así lo ha presentado, una declaración de guerra. Ni los dirigentes de Hamás, ni la población palestina que los ha votado quieren una guerra que saben que no podrían ganar. Prueba de ello es la tregua que Hamás ha respetado mientras el ejército israelí ha seguido eliminando uno a uno a sus militantes, a sus líderes y a quien pasaba por ahí: Más de sesenta palestinos muertos en los dos meses, febrero y marzo, que siguieron a la convocatoria electoral. Y una operación, el asalto a la cárcel de Jericó, cuyas imágenes, los reclusos en calzoncillos saliendo entre los escombros del edificio destruido, trasmitidas en directo a través de todas las cadenas árabes, daban el golpe de gracia a una Autoridad Palestina abandonada una vez más por la comunidad internacional. Los soldados estadounidenses y británicos que custodiaban, en virtud de un acuerdo firmado con Yasser Arafat en 2001, la cárcel de Jericó y en concreto la seguridad del dirigente del Frente Popular reclamado por Israel por el asesinato del que fue ministro de turismo Rehavan Zeevi, abandonaron el lugar dos horas antes de que los tanques israelíes iniciasen el asalto. Les dejaron vía libre. La humillación tuvo el agravante de la complicidad de los supuestos garantes de un acuerdo firmado con la Autoridad Palestina. A nadie se le oculta que esa operación realizada pocos días antes de las elecciones israelíes tenía sobre todo un objetivo electoralista. Los gestos de prepotencia implacable dan votos, sobre todo si no conllevan ningún riesgo ni ningún precio. Y confirman, al otro lado, en el lado palestino, la idea de que es inútil seguir confiando en las promesas de Occidente.

Al gobierno palestino surgido de las urnas en unas elecciones ejemplarmente limpias pese a las trabas y presiones del ocupante, se le exige que renuncie a la violencia, que reconozca a Israel y que acepte los compromisos del proceso de paz. Exigencias que serían lógicas y normales si hubiera algo de lógico y normal en la situación de Palestina. Y si hubiera un real proceso de paz.

El proceso de paz , dice el analista estadounidense y miembro del Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York, Henry Siegman, estaba muerto antes de la llegada de Hamás al gobierno…a Israel no le interesa un proceso que entorpezca su plan de diseñar las fronteras unilateralmente…Esas fronteras, que el sucesor de Sharon, Ehud Olmert, presenta abiertamente como eje de su programa de gobierno, suponen la anexión no sólo de los bloques de asentamientos en torno a Jerusalén sino del valle del Jordán, es decir,  más del 30 por ciento del territorio de Cisjordania divido además en cantones aislados por la red de carreteras “sólo para colonos” que lo atraviesan.

No es un proyecto, es lo que está ocurriendo sin que ninguna voz de la Comunidad Internacional se alce para exigir al nuevo gobierno israelí el cumplimiento de los Acuerdos de Oslo o simplemente de los términos de la Convención  de Ginebra para las fuerzas ocupantes.

Desde su llegada al poder el actual gobierno palestino ha lanzado reiterados mensajes en la línea del ofrecimiento de la cumbre árabe de Beirut en marzo de 2002. La liga árabe planteó entonces un tratado global de paz con Israel a cambio del compromiso de  retirada total de los territorios ocupados, es decir a las fronteras reconocidas internacionalmente, previas a la guerra del 67. Hamás no habla de reconocimiento de Israel pero sí de “hudna”  indefinida, un alto el fuego de años, décadas, lustros…a cambio del fin de la ocupación. No es suficiente pero sí sintomático de que la raíz del problema es, como siempre ha sido, la ocupación.

Y ¿acaso Hamás tiene más posibilidades que las que tuvo Fatah de cambiar el curso de los hechos consumados y los que quedan por consumar? Es evidente que no. La clave no está y nunca ha estado en manos palestinas. Lo que sí cambia es el contexto, sin la cobertura de un supuesto proceso de paz,  todo se hace más descarnado, más evidente. Más desesperado.

Y así estamos, se diría que no se puede ir a peor pero la experiencia nos dice que sí se puede. Si no hay voluntad de cambiar el rumbo, se irá a peor.

Artículo publicado en la revista "Temas para el debate" nº 138, Mayo 2006.

 
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